abril 01, 2003
I Te hablaré de mi madre.
No temo a la muerte, ni que tuviera una idea cercana a lo que es. Heredé la fé católica de mi familia y ahora puedo firmarla. Alimentada y propia, la considero fe adulta. Esto es: un resorte ajustado entre las ganas de crecer y su freno de mano. Por la fe veo la vida como una secuencia de dilemas simples, discretos y mecánicos. Lo temible es que, desde la fe, barro esos dilemas en su aplastante mayoría y tengo el respaldo ético para encarar a los más duros, aquellos que se resisten, se conglomeran y crecen. Con ellos hay que ser rápido y letal, acabarlos al menor costo posible (Qué pensamiento más contemporáneo. Me duele lo que acabo de escribir).
A título personal, sobrellevo la vida sin angustia por lo que pueda esconder la catapixia de la muerte, siendo útil recordar que en toda catapixia hay tres cortinas y que en la mejor, que nunca elijes, está Muebles Troncoso. Donde debería estar San Pedro hay un camión de cuatro ejes, uno nunca sabe. La fe me trae buenas noticias del aftermath, me dice que veré un flashazo, o sufriré una metamorfosis, o seré puesto en un sitio que cumple con los adjetivos interminable, ligero y enriquecedor. Si muero, ya está; pero me aterra el Alzheimer. La fe moviliza océanos, convierte soldados en apóstoles y desentierra montañas, pero cuidado con el Alzheimer, pues sale de su jurisdicción.
II Retardo y voltaje.
Si la viruela hubiera entrado con más tino a la favela de Pelé, si la tuberculosos se hubiera colado más ruda en la familia Di Stéfano, si Maradona no se hubiera levantado de aquel foul de Goikoetxea, el inigualable Ferenc Puskas, húngaro, estaría recibiendo esos trofeos al Jugador del Siglo. Mejor dicho, los estaría recibiendo Wilma, su mujer, a quien conoció en sus días cúspide, cuando no podía salir a la calle sin que le gritaran "¡Cañoncito Pum!", la misma que lo baña, lo viste, lo peina, le arrima fotografías y le da pequeños besos para hacerlo volver del camino one-way que tomó al interior de sí mismo. No vuelve.
Como un intento desesperado y también para sentirse bien, su mujer "lo prestó" a los ejecutivos de la UEFA en el verano del 2002 para un homenaje en el Hampden Park de Glasgow, Escocia, horas antes de que el Real Madrid de Zidane ganara la novena Copa Europea. En el mismo escenario, 42 años antes, Puskas hizo cuatro goles al Eintracht Frankfurt —Di Stéfano hizo tres: suman siete— el día de la Quinta, el momento más alto del viejo fútbol de clubes. Puskas se reúne con otros nueve ancianos, sobrevientes todos de aquel juego. Como lo fue en sus mejores años, Puskas es el más chaparro y el más gordo. Lo colocan al centro. Mira a los fotógrafos como si no estuvieran y posa la mano en el brillante copón de plata, al que ve de reojo y confunde con un delfin, creo. Su mujer lo anima desde el graderío. No vuelve. Hasta donde sabemos, no ha de volver. Tiene Alzheimer.
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